miércoles, 6 de febrero de 2013

La naturaleza del Escorpión.



             La naturaleza del Escorpión.

  Tomó las viejas botas del armario, se las calzó sentado  en el borde de la cama, frente a la ventana de dos hojas. Ventana que da a un pequeño patio, lindero a un baldío, por el que tantas veces planificó una fuga rápida en caso de ser necesario. El pantalón por dentro del calzado. Una camisa de algodón ordinario, encima el chaleco, en el que acomodó un bulto por debajo. Mirándose en el  espejo se puso un sombrero aludo de paño negro. Al tiempo que contemplaba la  imagen que le era devuelta; la de un hombre alto, de unos cuarenta años, bien plantado. Ensayando un gesto altivo a la vez convincente, dijo para sí:
 -ahora soy un Hombre bueno-. Quizá pensaba en que ya era tiempo de entregarse a la justicia, pagar por los crímenes con los que cargaba; en sus compadres de andanzas todos  presos o muertos; en el Pardo Echagüe, ajusticiado por un matón sin nombre. El Pardo, que había sabido sortear infinidad de peligros, saliendo siempre entero, quedar tendido por un mocoso que ni siquiera ostentaba barba. No, no era ésa forma de terminar… no era justo, un guapo se merece otra cosa.
  Sin más, enfiló para la puerta de calle, salió con aire seguro y ese andar que tanto lo caracterizaba. Tirando levemente la espalda para atrás, la cabeza bien erguida, como mirando  la lejanía, esperando siempre algo. Caminó por las calles del pueblo, deteniéndose en cada esquina, bajo las luces que colgaban pendientes de un cable; con el sólo motivo de examinar su sombra. Evitó las veredas, ni un alma se  cruzó en su camino. A lo lejos los ladridos de los perros, algún ave nocturna que velozmente surcaba el cielo, por encima de los techos bajos de las casas… La noche clara fue su único testigo. Luego todos en el pueblo recordarían ese plenilunio.
  Llegó a la comisaría. Entró como quien entra al boliche dispuesto a echarse unas ginebras al garguero. Sólo estaba el comisario, Don Gregorio Almudena. Quien lo miro sin sorpresa. –Hola compadre,- dijo.- Ya está bueno, iba siendo hora de terminar con esta joda.- Dio dos largas pitadas al cigarro de hoja, lo dejó como al descuido en un cenicero desbordado de colillas. El Hombre, respiro profundo sosteniéndole la mirada al comisario. Tanteó el bulto debajo del chaleco, sacó una nueve milímetros bien engrasada. Hizo el gesto de entregarla; se detuvo. El comisario, sentado detrás del escritorio, tomó el cigarro, carraspeó escupiendo al piso y al tiempo que miraba al Hombre murmuró: - la naturaleza. Y el Hombre le vacío el cargador en el pecho.

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