La naturaleza del Escorpión.
Tomó las viejas botas del armario, se las
calzó sentado en el borde de la cama,
frente a la ventana de dos hojas. Ventana que da a un pequeño patio, lindero a
un baldío, por el que tantas veces planificó una fuga rápida en caso de ser
necesario. El pantalón por dentro del calzado. Una camisa de algodón ordinario,
encima el chaleco, en el que acomodó un bulto por debajo. Mirándose en el espejo se puso un sombrero aludo de paño
negro. Al tiempo que contemplaba la
imagen que le era devuelta; la de un hombre alto, de unos cuarenta años,
bien plantado. Ensayando un gesto altivo a la vez convincente, dijo para sí:
-ahora soy un Hombre bueno-. Quizá pensaba en
que ya era tiempo de entregarse a la justicia, pagar por los crímenes con los
que cargaba; en sus compadres de andanzas todos presos o muertos; en el Pardo Echagüe,
ajusticiado por un matón sin nombre. El Pardo, que había sabido sortear
infinidad de peligros, saliendo siempre entero, quedar tendido por un mocoso
que ni siquiera ostentaba barba. No, no era ésa forma de terminar… no era
justo, un guapo se merece otra cosa.
Sin más, enfiló para la puerta de calle,
salió con aire seguro y ese andar que tanto lo caracterizaba. Tirando levemente
la espalda para atrás, la cabeza bien erguida, como mirando la lejanía, esperando siempre algo. Caminó
por las calles del pueblo, deteniéndose en cada esquina, bajo las luces que
colgaban pendientes de un cable; con el sólo motivo de examinar su sombra.
Evitó las veredas, ni un alma se cruzó
en su camino. A lo lejos los ladridos de los perros, algún ave nocturna que
velozmente surcaba el cielo, por encima de los techos bajos de las casas… La
noche clara fue su único testigo. Luego todos en el pueblo recordarían ese plenilunio.
Llegó a la comisaría. Entró como quien entra
al boliche dispuesto a echarse unas ginebras al garguero. Sólo estaba el
comisario, Don Gregorio Almudena. Quien lo miro sin sorpresa. –Hola compadre,-
dijo.- Ya está bueno, iba siendo hora de terminar con esta joda.- Dio dos
largas pitadas al cigarro de hoja, lo dejó como al descuido en un cenicero
desbordado de colillas. El Hombre, respiro profundo sosteniéndole la mirada al
comisario. Tanteó el bulto debajo del chaleco, sacó una nueve milímetros bien engrasada.
Hizo el gesto de entregarla; se detuvo. El comisario, sentado detrás del
escritorio, tomó el cigarro, carraspeó escupiendo al piso y al tiempo que
miraba al Hombre murmuró: - la naturaleza. Y el Hombre le vacío el cargador en
el pecho.

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