Con sólo estarse ahí, al llegar la noche, los muelles se vuelven mágicas
invitaciones, a otras realidades posibles. En un banco de tablas, a la ribera
del “Reyes”, el tiempo toma un ritmo distinto. Así, sentados, casi abandonados
al banco, desde el muelle alcanzamos a ver el río Sarmiento; acrecentada por
las luces del museo, su calma es mayor. De vez en vez se escucha el murmullo de
alguien, que en las sombras pasa, (cargando provisiones, imaginamos). Entonces
jugamos a adivinar si es hombre o mujer, intentamos reconocer su silueta, en
los breves instantes, que de entre los árboles, aparece bajo alguna luz del
camino. Cuando ya nada distrae nuestra atención, sobre mi pecho “te recuesto”, enredo los dedos en tu
pelo, es como apresar un pedacito de noche. A nuestros pies, la vela de
citronella proyecta pequeñas sombras, fabulosas; cae una polilla y el pabilo se
hunde en la parafina, se apaga… no, sigue protegiéndonos, para poder desnudar
tus hombros. Me dejo llevar en el perfume, como las barcazas que cruzan lento,
buscando el Paraná para remontarlo. Y soy yo una barcaza en el oleaje suave, en
procura de tu río, para llevarnos a lejanos parajes.
La única constelación que reconozco es la de Orión, justo sobre
nosotros. -¿La ves? Cuando mi hijo era pequeño se la enseñé, le contaba
historias payasescas, solo por verlo reír. Ahora “te cuento” historias sencillas, para que “te quedes” conmigo; poder tocar los hombros desnudos, de la niña con ojos de mujer, para
descansar mecido en tu cauce.
Sobre los árboles, más oscuros ahora, la luna, su luz. Veo esta soledad.
Y me basta con nombrarte, para que nuevamente estés reclinada sobre mí;
desvanecer todos los fantasmas de ausencias y olvidos. Después de un día de
sol, tu aliento, tus manos, serían frescas. Estoy perdido, a la deriva. Rechazo
todo intento de rescate. Para naufragar, desguazar mi casco en un remanso, en
tu orilla. Con las primeras luces de la mañana, juntar los vestigios y seguir

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