sábado, 16 de febrero de 2013

La leña.


La leña.
    Y fue la Noche, quien al fin lo cubrió todo. Llegó, y creo haberla visto revestida de piedad, en dos ojitos morenos, removiendo las brasas, intentando reavivar el fuego de la salamandra. Y en esos ojitos morenos se adivina la escasa leña y el santo prodigio (apenas con pan y sin peces).
     Afuera la inmensa soledad, la trajimos calle arriba hasta la puerta, en el carro, para simular nuestra carga, unas cuantas ramas. Mañana habrá que hachar… El dulce susurro de su cantar lento, distrayendo las horas y el frío, crea un mundo más íntimo, más real. Lo toco con mis manos curtidas. Ya casi es un hombre, o… ¿ya casi es un niño?... Sus  manos dicen que es un hombre, sus ojos, que es un niño.
      Al bajar la calle, temprano en la mañana, en el silencio nos contamos las cosas que nos habrían gustado en este día. Y sólo los árboles nos contemplan pasar. Nunca me había sentido tan cansado, tan lleno de tiempo. Me miro reflejado en el agua que dejara la lluvia de la noche, no me reconozco. ¿Quién me mira desde el fondo de este charco?...
       En la segunda calle doblamos a la derecha- ¿Cuánto falta?- Escucho como desde muy lejos, la pregunta se me hace reproche, me muerde la rabia desde adentro. Ensayo un respuesta… es en vano, somos dos sombras. Los chicos juegan o van a la escuela. Dónde me perdí,… no sé comprender… todo gira a nuestro alrededor, pero no somos el centro.
        Vuelvo en mí, otra vez al cuarto, la salamandra devoró su ración. Lo cubro con las mantas. Me quedo velando su sueño y la noche. Y si mañana quiere amanecer, seremos otro día...

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