La leña.
Y fue la Noche , quien al fin lo
cubrió todo. Llegó, y creo haberla visto revestida de piedad, en dos ojitos
morenos, removiendo las brasas, intentando reavivar el fuego de la salamandra.
Y en esos ojitos morenos se adivina la escasa leña y el santo prodigio (apenas
con pan y sin peces).
Afuera la
inmensa soledad, la trajimos calle arriba hasta la puerta, en el carro, para
simular nuestra carga, unas cuantas ramas. Mañana habrá que hachar… El dulce
susurro de su cantar lento, distrayendo las horas y el frío, crea un mundo más
íntimo, más real. Lo toco con mis manos curtidas. Ya casi es un hombre, o… ¿ya
casi es un niño?... Sus manos dicen que
es un hombre, sus ojos, que es un niño.
Al bajar
la calle, temprano en la mañana, en el silencio nos contamos las cosas que nos
habrían gustado en este día. Y sólo los árboles nos contemplan pasar. Nunca me
había sentido tan cansado, tan lleno de tiempo. Me miro reflejado en el agua
que dejara la lluvia de la noche, no me reconozco. ¿Quién me mira desde el
fondo de este charco?...
En la
segunda calle doblamos a la derecha- ¿Cuánto falta?- Escucho como desde muy
lejos, la pregunta se me hace reproche, me muerde la rabia desde adentro.
Ensayo un respuesta… es en vano, somos dos sombras. Los chicos juegan o van a
la escuela. Dónde me perdí,… no sé comprender… todo gira a nuestro alrededor,
pero no somos el centro.
Vuelvo en mí, otra vez al cuarto, la
salamandra devoró su ración. Lo cubro con las mantas. Me quedo velando su sueño
y la noche. Y si mañana quiere amanecer, seremos otro día...

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