sábado, 1 de diciembre de 2012

Anhelo.



                                                  Anhelo

                  No pretendo ser claro,... no sé que pretendo. Con el aliento del  último delirio me incorporo sobre mí. Baila mi esqueleto y soy más primitivo que el sonido del tambor.
                  Erguido, sereno, contemplo la voracidad de la noche con furioso  asombro de ojos infantiles; me confundo en ella, soy en ella y ella en mí. Pero la noche es clara, las sombras me contienen, susurran, me alimentan con sus misterios.
               Arraso el templo de los paganos, mi enajenado templo, mi canción antigua. Sólo conservo la danza, humillada por este ridículo payaso. Y voy, hacia el origen; tan cercano por momentos, a consecuencia de actos innobles, cuales soy incapaz de confesar.
               Penetro en las cosas,... la lluvia. La lluvia me hiere; no soy más que este instante alucinado, perpetuo. Lloraría por mí, si aún no me quedaran algunos excesos por cometer.
             La noche con sus fantasmas, me conducen de la mano por este desierto, a la morada prometida en mis profundos temores. Pero yo los convoqué, yo los destierro, condeno mis temores a la nada... Al fin el despertar, el sol. Me veo atravesar el día... anhelo el sueño, los delirios de mis noches. También soy esta oscuridad.



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