No pretendo ser claro,... no
sé que pretendo. Con el aliento del último
delirio me incorporo sobre mí. Baila mi esqueleto y soy más primitivo que el
sonido del tambor.
Erguido, sereno, contemplo la
voracidad de la noche con furioso asombro
de ojos infantiles; me confundo en ella, soy en ella y ella en mí. Pero la
noche es clara, las sombras me contienen, susurran, me alimentan con sus
misterios.
Arraso el templo de los paganos,
mi enajenado templo, mi canción antigua. Sólo conservo la danza, humillada por
este ridículo payaso. Y voy, hacia el origen; tan cercano por momentos, a
consecuencia de actos innobles, cuales soy incapaz de confesar.
Penetro en las cosas,... la
lluvia. La lluvia me hiere; no soy más que este instante alucinado, perpetuo.
Lloraría por mí, si aún no me quedaran algunos excesos por cometer.
La noche con sus fantasmas, me
conducen de la mano por este desierto, a la morada prometida en mis profundos
temores. Pero yo los convoqué, yo los destierro, condeno mis temores a la
nada... Al fin el despertar, el sol. Me veo atravesar el día... anhelo el
sueño, los delirios de mis noches. También soy esta oscuridad.

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