-Continuidad.-
“Veo
su boca abierta, pero no oigo sonidos…”(A. Camus)
La
cara del negro contra el piso. Todo negro él, en un grito negro. El
agitar de sus piernas, un océano, el mismo que lo trajera de tan
lejos.
Un
personaje revestido de autoridad tiraba de su brazo, más de lo que
un brazo podía soportar. Y en sus ojos se sentía el peso milenario,
de generaciones pasadas, todas ultrajadas de algún modo. No se hacen
presente para justificar el momento, sino para contrariarlo.
Dice
la boca debajo del bigote, debajo de la gorra: -Este negro se
resistió a la autoridad-.
Es
cierto que ya no tiene cadenas en sus miembros; pero su rostro empuja
contra el piso y se hincha de rabia, de todas las rabias guardadas en
el tiempo.
Un
sonido indescriptible. El ruido de los tendones que ya no resisten,
un hombro dislocado. Otros africanos protestan, a los gritos,
desesperados. Como pueden protestan y reclaman. Intentan salvar las
pertenencias del negro que tiene la cara contra el piso, que empuja
contra el piso, que se hincha de rabia, del negro que sus tendones
ceden.
El
gentío distrae su marcha. Se acercan de a
uno.
De a muchos. Hay empujones, algún forcejeo.
Al
africano, al negro africano le harán pagar bien caro su
atrevimiento.
Hay
un rumor que empieza a hacerse grito… Llegan cuatro o cinco más
revestidos de autoridad, hiriendo el aire con sus bastones, en sus
pechos dice: “Policía de la Ciudad”.
Y
el grito oscurece la tarde: M.M.L.Y.Q.T.P.

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