lunes, 2 de septiembre de 2019

                                 -Continuidad.-
                                                                          “Veo su boca abierta, pero no oigo sonidos…”
                                                                                 (A. Camus)


La cara del negro contra el piso. Todo negro él, en un grito negro. El agitar de sus piernas, un océano, el mismo que lo trajera de tan lejos.
Un personaje revestido de autoridad tiraba de su brazo, más de lo que un brazo podía soportar. Y en sus ojos se sentía el peso milenario, de generaciones pasadas, todas ultrajadas de algún modo. No se hacen presente para justificar el momento, sino para contrariarlo.
Dice la boca debajo del bigote, debajo de la gorra: -Este negro se resistió a la autoridad-.
Es cierto que ya no tiene cadenas en sus miembros; pero su rostro empuja contra el piso y se hincha de rabia, de todas las rabias guardadas en el tiempo.
Un sonido indescriptible. El ruido de los tendones que ya no resisten, un hombro dislocado. Otros africanos protestan, a los gritos, desesperados. Como pueden protestan y reclaman. Intentan salvar las pertenencias del negro que tiene la cara contra el piso, que empuja contra el piso, que se hincha de rabia, del negro que sus tendones ceden.
El gentío distrae su marcha. Se acercan de a uno. De a muchos. Hay empujones, algún forcejeo.
Al africano, al negro africano le harán pagar bien caro su atrevimiento.
Hay un rumor que empieza a hacerse grito… Llegan cuatro o cinco más revestidos de autoridad, hiriendo el aire con sus bastones, en sus pechos dice: “Policía de la Ciudad”.
Y el grito oscurece la tarde: M.M.L.Y.Q.T.P.

No hay comentarios:

Publicar un comentario