Ahora, en las
noches claras, se ven las manos
danzando en el
humo. Y la poesía se me antoja
amarga, como los
recuerdos.
Cómo podrían estas manos retener el canto, si
el
tiempo que nos toca
logro, pesar en las miradas,
haciendo de mis palabras dolor en otros.
. -¡Pero ya basta!
No quiero lamentos. La noche me
arrastra, violenta en su inmensidad me ampara.
En un último intento de cordura yo los
desafío:
“Arránquenme estas
torpes manos, despedácenme
los brazos. En el
agua, bajo la lluvia, enloquecido
me retuerza en el
barro. Si ya no sirven para la
ternura y la tibieza, no quiero estas manos.
Arránquenmelas
antes que sea tarde y me estrangulen
el alma.

No hay comentarios:
Publicar un comentario